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La hoja A4

Los exámenes en la facultad de ingeniería tenían ese… qué se yo, ¿viste?

Un buen rato antes de la hora del examen salía de casa (por primera vez en varios días) para ir a tomar el colectivo. En la mochila el lápiz, la calculadora, hojas, apuntes, etc. En una mano la tarjeta magnética para pagar el boleto, y en la otra, una hoja A4. De esa hoja quiero hablar.

¿Qué había en esa hoja? Rendir una materia en ingeniería es tener sobre una mesa durante varios meses una montaña de papeles. Literalmente. Bueno, esa hoja A4 es la mínima expresión de esa montaña de papeles. Una especie de archivo zip, todo escrito con letra chiquitita, desprolija e incomprensible para el resto de los mortales.

En esa hoja estaba lo que había que memorizar. Olvidarse un signo, un coeficiente, un factorial en una fórmula implicaba que el ejercicio estaba mal. Dicho de otro modo: el más mínimo olvido de lo que decía esa hoja invalidaba, sin contemplaciones, varios meses de estudio, por mucho que uno hubiera buceado en las profundidades de algún abismo matemático.

Las últimas 10 ó 12 horas de estudio no eran de estudio. No había ningún tipo de aprendizaje, sino memorización lisa y llana. Esa hoja A4 era parte de mi cuerpo. Iba conmigo a la cama, a la mesa y al baño. Y el viaje en bondi hasta la facultad era oportunidad para una última repasada.

Hoja con fórmulas matemáticas escritas a mano.

Se rendía el examen, y se salía al pasillo a esperar la nota. Por las dudas que te llamaran para dar oral, había que seguir repasando. ¿Repasando qué? La maldita hoja A4. Largos minutos. Horas, a veces. No te podías ir por ahí, a dar una vuelta, porque en cualquier momento salía algún docente subalterno de la cátedra y pronunciaba tu apellido. Y te daba la libreta, con cara de nada. Como si te estuviera dando el folleto de una pizzería. Así, uno abría la libreta y se anoticiaba del inapelable veredicto.

Ponéle que había aprobado. En una mano, la libreta, con esa noticia que venía a traer más alivio que alegría. ¿Y en la otra mano? La hoja A4, que hasta recién era como la tabla a la que se aferra el náufrago, ahora aparecía ante mis ojos rídiculamente ajada, sucia e inútil.

Quizá alguien un poco más cuerdo hubiera tirado ese papel en un tacho. Yo no. Jamás. Con saña y brusquedad lo rompía ostensiblemente en mil pedacitos, antes de tirarlo. Nunca me molestó estudiar durante varios meses. Pero memorizar durante uno o dos días, me parecía de una inutilidad manifiesta, como Sísifo repechando la loma con esa piedrota a cuestas. Si la cárcel de la Bastilla era el símbolo de la opresión del Antiguo Régimen, esa hojita representaba para mí la humillación a la que me había visto sometido por parte de la casta docente. Y la pulverización ritual del objeto que señalaba mi rastrera condición de alumno era para mí casi una obligación moral.

Claro, visto de afuera era bastante distinto. El imbécil salía de rendir y rompía una hojita. Tiembla la civilización occidental.

Ironía de la vida, poco tiempo después me vi del otro lado del mostra. Cada tanto desfilan ante mí tipos que han dejado familia, amigos, novias, que han postergado lo impostergable hasta después del examen, y que me dicen “profesor” y me tratan de usted, aunque algunos son mayores que yo.

No deja de ser una situación tensa, sobre todo para ellos, aunque también para mí, en parte porque tengo mucho que aprender sobre este arte de enseñar (y evaluar). Pero, al menos, tengo la certeza de que no hace dos días que están memorizando, porque todos tienen muy en claro que el examen es a libro abierto.

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Publicado por en 15/03/2015 en Educación, Personal

 

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“Salí del Norton Commander”

Teníamos 11 años, 6º grado de primaria. Año 1993.
Mis padres me habían comprado mi primera computadora, una vieja XT (cuando ya habían 386 dando vueltas), con monitor CGA y 640KB de RAM. Yo estaba en la gloria con esa maquinita que a duras penas corría DOS y algún que otro jueguito.
Tenía un compañero de escuela, llamado Bruno, que “sabía de computadoras”.

“Salí del Norton Commander, así no vas a entender nunca cómo funciona la computadora”.

me dijo una vez. Y se puso a tipear unos comandos en la consola del DOS. Siempre había querido usar computadoras. Desde ese día, quise además entender cómo funcionan.

Norton Commander

El Norton Commander

Linda reflexión para estos días en que las computadoras controlan buena parte de nuestras vidas, pero hay tan poco interés en entender mínimamente cómo funcionan. Los Norton Commander del siglo XXI son cada vez más sofisticados, buscan que entendamos cada vez menos. Por eso, hacen falta más Brunos.

PD: Hoy Bruno es un músico talentosísimo, por suerte cada vez más reconocido. Si quieren curiosear su trabajo: http://brunovalenti.net/

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Publicado por en 10/05/2014 en Personal

 

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Día del padre

Alguien escribió alguna vez que “nadie te enseña a ser padre”. Ese tipo no conocía a mi papá, que, sin que yo lo supiera, me viene enseñando a ser padre desde el día en que nací.
Hace exactamente un año, en vísperas del día del padre, nació mi hijo, que me permitió empezar a poner en práctica todo lo que yo vengo aprendiendo de su abuelo. Como todo principiante, debo estar cometiendo errores, porque no es nada fácil. Pero me enseñaron bien el oficio. Y no sé si lo estaré haciendo bien, pero la estoy pasando 10 puntos.
Feliz día para mi papá, y feliz cumple para mi hijo. Pero, sobre todo, feliz día para mí.

 
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Publicado por en 16/06/2013 en Personal

 

Francisco

Antes de empezar, cumplo en avisar que escribo suponiendo que quien me lee es una persona que, o bien es creyente, o puede ponerse por un momento en ese lugar. A quien toda creencia religiosa le parezca ridícula, le recomiendo no perder el tiempo leyendo lo que sigue.

Ocurrió algo muy extraño el día de la elección del papa nuevo. Oi las campanas de una iglesia, y supuse que había pasado algo. Prendí la tele. No tenía ninguna esperanza, hasta me había pensado una respuesta: “el Espíritu Santo no inspira al que no se deja inspirar”. O “para intentar practicar lo que enseñó Jesús, no necesito a esos tipos encerrados eligiéndose entre ellos, la iglesia es otra cosa”. Y había un señor muy viejito, dando el anuncio en latín. Lo único que entendí fue el apellido del papa.

Al rato salió el tipo y dio su discurso en un italiano tan criollo que hasta lo entendí. Se cerró el balcón e inmediatamente, en mi barrio se cortó la luz. Tenía ganas de seguir viendo la tele, consultar varios sitios Web y las redes sociales, pero no podía. Ahí estaba, yo solito con lo que había visto y oido. Entonces me salió rezar. Y me salió también este texto que sigue, con algunas ideas sueltas.
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Antes que nada, el hecho de que sea compatriota me tiene sin cuidado. No me importaba de donde viniera, sino hacia donde va.

Me llamó la atención enterarme del nombre y también del “I”. Francisco no es un nombre, es un manifiesto. Pobreza, renovación y ecología, tres palabras que se me vinieron a la mente. El hecho de que sea el primer papa que elige ese nombre me sorprendió mucho. ¿Nadie tuvo ni siquiera la intención de identificarse con el santo de Asís? Más vale tarde que nunca, dicen.

El hecho de no tener ornamentos suntuosos, de saludar “buona sera”, como si fuera un vecino más, de rezar las oraciones más sencillas, son pequeños gestos que me parecen valiosos.

Solicitar la bendición del pueblo e inclinarse ante él me pareció un gesto de una audacia impresionante.

Y lo que me pareció más importante, absolutamente impensado: no mencionó ni una sola vez la palabra “papa”. Se definió como “Obispo de Roma”. Y no le habló al mundo, sino a la ciudad, a la Iglesia local. La Iglesia local que “preside en la caridad” a todas las otras. Me parece leer allí que el nuevo papa aboga por un modelo de Iglesia cuyo gobierno esté menos centralizado en la figura del papa, que debería ser un obispo más, con algunas atribuciones extra. La diferencia puede parecer sutil, pero es enorme. De un modelo en el que todo pasaba por Roma, parece surgir otro, en el que cada Iglesia local tendría una autonomía casi absoluta. Ese “casi” lo llenaría el Obispo de Roma, es decir, el papa, para aquellas cuestiones puntuales que interesan a toda la Iglesia en su conjunto. Y como las iglesias locales son las que están ahí, en el mundo, es posible que las decisiones que se tomen sean más parecidas a las que vienen haciendo falta. Todos esos anhelos disparados por la frase “obispo de Roma”… no es poco.

Está claro: todos estos son gestos. Serán las decisiones que tome el nuevo papa las que nos digan si son una careteada para la tribuna. O no. Quizá realmente los signos dados la tarde de su elección marcarán la impronta de su tarea pastoral.

La iglesia necesita desesperadamente una renovación profunda, volver a parecerse al grupo de pescadores que escuchaban las enseñanzas de un carpintero. El mundo necesita más pescadores y menos cardenales. Más evangelio y menos curia. Más servicio y menos poder. La evangelización que viene desde un lugar de poder produce sumisión o rebeldía, pero nunca conversión. “El fuego, pa calentar, debe ir siempre desde abajo”, decía don Jaime De Nevares.

Pertenezco a una iglesia que sigue teniendo prendido el farol que encendió el Nazareno, pero que lo escondió hace tiempo abajo del catre. Pero creo que este nuevo papa puede dar los primeros pasos en la revitalización de la Iglesia. No van a haber cambios bruscos y espectaculares, eso es seguro. Pero quizá inicie tímidamente una reforma que se vuelva imparable. Soy un tipo que tiene la esperanza difícil y el desencanto siempre a mano. Y de golpe, con la primera aparición de Francisco, me permito un acto de ingenuidad, amar sin presentir. Y si hay mucha gente a la que le haya pasado lo mismo, a lo mejor podamos construir el sueño de Jesús. Con el papa, esperemos. O a pesar del papa si es necesario. Desde abajo, como quería don Jaime.

 
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Publicado por en 16/03/2013 en Personal

 

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Fotos del barrio

Salí a caminar por mi barrio con la cámara. Dos fotos que valen la pena, me parece.
1- Se organizan fiestas infantiles y revoluciones culturales.
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(Yugoslavia y Uriburu, Rosario)

2- “Despacio escuela”, decía el cartel. El árbol se lo tomó en serio y, despacito, se lo fue tragando.
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(Sarmiento y Ameghino, Rosario – En la puerta de mi escuela primaria).
En esta segunda foto… ¿El poste estará adentro del tronco?

(Ambas fotos están tomadas por mí – Licencia CC-BY-SA-NC).

 
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Publicado por en 28/02/2013 en Personal

 

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La Universidad como rito iniciático

Empecé a cursar Ingeniería en Sistemas en 2002, con 20 años, y me recibí ayer, con 30. Dediqué diez años de mi vida a la facultad (entre otras cosas, claro está), y, de a ratos, siento que me arrepiento.
Nadie debe pensar que desdeño los saberes que adquirí en este tiempo, que han sido muchos y buenos. Ya sé que suena pedante decirlo, pero tengo una relación un poco hedonista con el conocimiento. Es así. Leo, aprendo y estudio porque me gusta; no se me ocurre otro motivo válido. Pocas cosas en la vida me provocan una satisfacción similar a la que experimento cuando aprendo algo nuevo. Ese momento en el que algo que parecía oscuro y entreverado, se convierte en una idea clara y distinta, como diría el finado Descartes. Y, afortunadamente, me ha sido dado vivir ese momento muchas veces en esta última década.
Lo que trato de decir es que, en esa experiencia de aprendizaje, la estructura de la universidad es, me parece a mí, absolutamente prescindible. Es más bien una dilación antes que un facilitador en todo este asunto de aprender. Me encontré diciendo una frase parecida a esta:

“Pasé los últimos 10 años estudiando Ingeniería en Sistemas. Sin embargo, pude aprender algo de informática en mis ratos libres.”

Esto último no es estrictamente cierto. Hay muchos asuntos en los que hubiera permanecido ignorante, de no ser por mi paso por las aulas.
Pero hubo mucho, demasiado tiempo y esfuerzo invertido en superar dificultades que no son las que están ligadas intrínsecamente al conocimiento, sino otras que están más relacionadas a la estructura de la Universidad tal como la conocemos. Y no vengo a plantear aquí errores en la implementación concreta de la carrera que estudié (docentes que no hacen bien su trabajo, infraestructura insuficiente, etc). Más bien pretendo poner el acento sobre un problema más profundo. Comparemos a la facultad con una obra de teatro: aún si todos los actores del quehacer universitario hubieran interpretado su papel con un 100% de eficacia, el malestar permanecería, porque, me parece, el problema está en el guión, no solamente en los actores.
A buen monte van por leña si pretenden que proponga desde este espacio una reforma estructural para la Universidad argentina. Ni siquiera alcanzo a vislumbrarla.
Pero me interesa llamar la atención sobre el doble objetivo que tiene un estudiante al iniciar una carrera:
* adquirir un conjunto de saberes y destrezas.
* obtener un reconocimiento social inapelable de idoneidad en una materia.
Ninguno de los dos objetivos es condenable, pero entiendo que estamos ante un problema importante cuando el segundo tiene una preponderancia muy superior al primero. En el caso de muchos compañeros con los que pude conversar, el único interés es el de acceder a un diploma, a como diera lugar. (No elegir al mejor docente, sino al que menos exige; no elegir la materia electiva que más les interesa, sino la más fácil de aprobar, etc, etc, etc). Creo que no es mi caso, y de ahí este malestar que experimento, cuando veo que la Universidad se ha convertido, antes que en un ámbito de aprendizaje, en un espacio que sirve únicamente para la obtención de unas credenciales que gozan de reconocimiento social.
Entonces se deja un poco de lado la preocupación por aprender mucho y bien los contenidos de una disciplina; y uno se va volviendo un experto en el oficio de ser alumno: cómo adquirir unas habilidades que nos permitan estudiar lo mínimo indispensable para no reprobar el examen. Ante mi deseo de profundizar en un tema, muchas veces he recibido el consejo de “no complicarme la vida”, total “para el examen eso no es útil”.
No he sido un alumno ejemplar: siempre con pocas luces y poco tiempo (trabajé toda mi carrera y formé mi familia siendo estudiante), muchas veces me encontré adiestrándome en el “oficio de alumno”, antes que en la ciencia que elegí estudiar. Y las veces en que no fue así, hubo algo, que de algún modo está presente en la estructura de la Universidad, que me hizo sentir que ese deseo de ahondar en el conocimiento era una distracción en mi objetivo de recibirme de ingeniero, cuando en realidad se trataba del verdadero objetivo: aprender.
Por eso se me ocurrió la comparación que da título a estas líneas. No sé nada de antropología, así que la descripción que sigue está simplificada al extremo.
Los pueblos mal llamados “primitivos” suelen tener una serie de ritos iniciáticos, que es necesario superar, para pasar de un grupo social a otro (de niño a adulto, de “plebe” a clase dominante, de soldado a capitán, etc). Nuestra propia cultura los tiene, piensen en los cumpleaños de 15, por ejemplo. Estos ritos, frecuentemente son arbitrarios, o absurdamente crueles, o demandan un esfuerzo sobrehumano para ser superados.
Siendo un asalariado, me es conveniente jerarquizar la fuerza de trabajo que me veo obligado a vender, para poder ponerle un precio mayor. Y muchas veces he sentido que mi paso por la Universidad se trató de un rito iniciático que esta sociedad del siglo XXI me impuso para poder pasar a ese otro estamento, el de los que pueden vender más caro su mercancía.
El problema de las iniciaciones es que, me parece, generan en quienes han podido superarlas un falso sentimiento de superioridad, de desprecio hacia quienes no pudieron o no quisieron someterse a los rigores de un rito. Piensen si no en cuántos profesionales universitarios se encuentran absolutamente convencidos de que tienen más derecho que el resto de sus conciudadanos para tal o cual cosa. No viven su profesión como la posibilidad de servir de mejor manera al resto de la sociedad, sino como un derecho a que todo el resto del universo se convierta en su sirviente. Y, lamentablemente, es entendible que piensen así: ellos han superado el rito iniciático; están en “otro escalón”, lo merecen, es su derecho.
Yo mismo me veo, a veces, envuelto en pensamientos de este tipo, aunque trato de ser conciente de que es exactamente al revés. Estudié en la Universidad Pública, que en Argentina es gratuita. Gratuita para el estudiante, claro. Es el pueblo en su conjunto el que costea nuestras carreras. Y el profesional universitario, lejos de ganar derechos con su diploma, lo que adquiere es una obligación moral. No es acreedor de nadie, es deudor del pueblo al que pertenece, que financió sus estudios para que toda la sociedad se vea beneficiada con los saberes que adquirió.
Estoy muy agradecido por haber tenido la posibilidad de estudiar. En primer lugar, a mi familia (mis padres y hermanos primero, y mi esposa después; y también abuelos, tíos, primos, etc.), y a todos los que me ayudaron en forma personal durante todos estos años. Estoy muy contento y orgulloso de que en mi país, una persona como yo, que soy un asalariado, pueda recibirse de ingeniero en la Universidad Pública, Libre y Gratuita. Pero tenía entreverado un sabor agridulce, un sentimiento que no alcanzo a explicar completamente.
No puedo expresar claramente en palabras lo que siento, espero que esta comparación haya servido para poner mis ideas un poco más en claro, al menos para mí mismo y para quien haya tenido la delicadeza de seguir leyendo hasta acá. Mientras la Universidad, orgullosamente pública y gratuita, siga tomando la forma de rito iniciático, poca probabilidad hay de que los graduados jueguen el rol social que de ellos se espera.
En todo caso, lo dejo para que lo analicen los antropólogos. Aunque claro, los antropólogos también fueron a la facultad.

 
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Publicado por en 13/07/2012 en Educación, Personal

 

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¡Felices Pascuas para todos!

Yo creo en vos compañero
Cristo humano, Cristo obrero
de la muerte vencedor.
Con tu sacrificio inmenso
engendraste al hombre nuevo
para la liberación.
Vos estas resucitando
en cada brazo que se alza
para defender al pueblo
del dominio explotador.
Porque estás vivo en el rancho,
en la fábrica en la escuela.
Creo en tu lucha sin tregua
creo en tu resurrección.

(La pintura es de Adolfo Pérez Esquivel; y la canción de Carlos Mejía Godoy

 
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Publicado por en 08/04/2012 en Personal

 

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