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Miedo a enseñar

22 Oct

El fin de semana pasado, estuve en una capacitación docente. Era un día sábado, por lo que quienes estaban allí era por propia iniciativa: nadie estaba obligado a estar presente. El contenido de la capacitación fue verdaderamente lamentable, lo que motivó algunas reflexiones que crecieron en las grietas de una indignación que empezaba a abarcarlo todo. Ahora que pasaron un par de días y estoy un poco menos enojado, me propongo rescatar aquellas reflexiones, a ver qué sale.

Antes de empezar, remarco algunas características de las personas involucradas:
– adultos con una formación similar (docentes)
– no se conocen entre sí, ni a los capacitadores (nos vimos por primera vez, y es poco probable que nos volvamos a ver)
– la actividad no tenía continuidad (empezaba y terminaba en ese momento).

El encuentro tenía como mecanismo de trabajo el “aprender haciendo”. Es decir: no había un expositor dando una conferencia, sino que, apenas llegados al aula de trabajo, se nos planteó una consigna para resolver. Todo el tiempo disponible se destinó a la confección de ese trabajo propuesto.

Estoy muy a favor de esta forma de aprendizaje: creo que, si bien demanda más tiempo, es la manera de lograr conocimientos que perduren (en un sentido amplio, no solo “saber” cosas, sino además “saber hacer”).

Ahora bien, es muy frecuente que, cuando se intenta aplicar esta metodología que apenas esbozo, se cometan errores, cuatro de los cuales enumero a continuación. (Aclaro que lo hago “de memoria”, sin citar autores ni consultar bibliografía al momento de escribir esto.)

– Falta de seguimiento: Si nadie te dice que lo que estás haciendo está bien (para seguir haciéndolo así), o que está mal (para cambiarlo), uno siente que no está aprendiendo nada. Si lo hace bien, es porque ya lo sabía de antes. Si lo hace mal, perseverará en el error. (A veces puede ser valioso dejar que alguien se equivoque, siempre que, más temprano que tarde, el tutor intervenga para hacer notar el error, o éste se haga evidente por sí mismo). En la capacitación del sábado, los tutores “dejaron hacer”, y a la hora de la “puesta en común” (después de 3 horas de producción grupal), todo el mundo oyó sin escuchar y aplaudió respetuosamente el trabajo ajeno. Nadie se atrevió a marcar ningún error. Los trabajos presentados no tendrán una continuidad, por lo que todo quedó ahí…
– No señalar errores: Muy ligado a lo anterior, cuando se adopta una metodología de “aprender haciendo” se vuelve forzoso que quien enseña señale (educadamente y sin escarnio, claro está) los errores que cometen quienes aprenden. Y esto no es simpático, menos entre adultos que no se conocen. Ni los compañeros de equipo ni el capacitador se sintieron con la confianza necesaria para señalar errores. Esto hace que se genere una sensación de que “cualquier cosa que digamos va a estar bien”. Otra vez, el perjudicado es el aprendizaje.
– Falta de técnicas para el trabajo grupal: Eramos 50 personas en un gimnasio. Al arrancar la actividad, el capacitador indica: “armen 4 grupos”. ¿Alguien puede pensar que en grupos de entre 10 y 15 desconocidos va a surgir un trabajo grupal en donde todos colaboren equitativamente? Sería un milagro. Cuando se propone un trabajo en grupo, hay que garantizar que sea operativo escuchar los aportes de cada uno de los integrantes, vale decir, que cada uno tenga un rol definido dentro del equipo. Si no, va a haber tres o cuatro integrantes que “se pongan al hombro” la actividad, mientras los demás conversan de cualquier cosa. Aun queriendo participar, el que no está entre esos tres o cuatro líderes siente que su aporte es un estorbo, por lo que pronto desiste.
Actividades poco significativas: Cuando se decide “aprender haciendo”, eso que hago tiene que ser significativo, percibido como valioso por quienes lo están llevando a cabo. Si no se puede pensar en una actividad que cumpla con esta condición básica, quizá debería repensarse la metodología, porque quienes aprenden buscarán cumplimentar esas consignas con el mínimo esfuerzo posible, sin siquiera arrimarse a los bordes de su zona de confort, que es donde se produce el aprendizaje. Incluso quien está dispuesto a salir de esa zona de confort para aprender, no lo hará si percibe que es inútil.

En un contexto de capacitación docente, que se cometan errores metodológicos tan graves como los mencionados hace que todo el evento sea puesto en duda, a mi entender justificadamente. Pareciera que, malentendiendo algunas teorías, imperara un miedo a enseñar. No es pecado una clase magistral, donde una persona que sabe mucho les habla a otras, que aprenden. Eso ahorra mucho tiempo: te dan el conocimiento ordenado, seleccionado, priorizado, resumido… y eso es valioso. Si se descarta esa metodología por otra que sea superadora, bienvenido sea. Pero, de una forma o de otra, no se puede renunciar a enseñar. Y menos en una capacitación docente.

 
1 comentario

Publicado por en 22/10/2014 en Educación

 

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Una respuesta a “Miedo a enseñar

  1. Mauro Albarenque

    26/10/2014 at 0:31

    Me parece muy correcto a lo que te referís, soy alumno de usted en J .J Urquiza Nivel terciario, y se nota que se preocupa que el otro aprenda a hacer, y no que aprenda para olvidarse en un futuro.
    Saludos

     

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